Mis Héroes Favoritos

MIS HÉROES FAVORITOS

Al margen de los múltiples vaivenes que ha sufrido el concepto de héroe a lo largo de la Historia, creo que hay dos ideas básicas que hilvanan todas sus posibles definiciones: la primera es que el héroe encarna los valores de un colectivo, ésos que se escriben con letra de molde y se memorizan de generación en generación. Y en segundo lugar, el héroe debe ser capaz de realizar algo extraordinario, esto es, una hazaña. De aquí se deduciría que la puesta en práctica de los valores y principios de un colectivo no resulta casi nunca al alcance del individuo común. Supongo que por eso son valores y se tallan sobre piedra con letra de molde.

En cualquier caso, la idea de héroe sigue siendo un concepto poliédrico, imposible de concretar bajo un único estereotipo. Por eso (y porque me apetece, que todo hay que decirlo) aquí va mi propia clasificación de los mejores héroes que conozco. Ni soy ni pretendo ser original, así que seguro, seguro que vas a encontrar alguno de los que estás pensando.

Y te va a gustar.

Lo sé.

Rick Blaine (Casablanca), el héroe de cartón piedra.


Hasta los quince años yo quería ser Humphrey Bogart. No como Bogart, sino el propio Humphrey. Su aspecto se salía de los estereotipos del galán de moda, y aún así las féminas de sus películas parecían disputárselo, a veces de una manera descarada para la época (recuérdese su frase en El sueño etreno, refiriéndole al viejo coronel Sternwood la actitud de su hija Carmen: La he visto en el vestíbulo. Me tomó por Santa Claus y quiso sentarse en mis rodillas.). Y sin embargo él respondía casi siempre con una indiferencia glacial o sarcástica (Carmen Sternwood: Me gusta usted. Me gusta. / Marlowe: ¿Sí? Pues aún no ha visto lo mejor. Tengo una danzarina balinesa tatuada en el pecho).

Eso me fascinaba. Cuando tienes quince años y no has repetido curso ni tu talla despunta por sobre la de tus compañeros, cuando no vacilas de moto, cuando no luces estilo con tu ropa de marca, entonces es mejor ser Humphrey Bogart que andar babeando poemas de amor imposible a la guapa de la clase, ésa que siempre se arrimaba (a veces más bien se yuxtaponía) al rufián adinerado y repetidor de turno. Me gustaba que Humphrey marcase una distancia de hielo con los deseos de las chicas caprichosas, hasta el punto de que fueran ellas quienes babeasen inútiles requiebros de amor al paso firme del tipo. Humphrey se hacía de rogar. Y la cosa le funcionaba.

Durante años yo soñaba con emular al Bogart de El sueño eterno. Investido bajo la personalidad del detective Marlowe, su dureza de cine negro alcanzaba límites excelsos en cada una de sus intervenciones. Si la descarada Carmen se le abalanzaba, él se zafaba de las niñerías de la joven consentida sin mudar el gesto (Carmen: Es usted guapo. / Marlowe: Sí, y cada minuto que pasa lo soy más (…). ¿Cómo la trata Eddie Mars?/ Carmen: No le conozco (…). ¿Es guapo? ¿Es tan guapo como usted?/ Marlowe: Imposible). De todas formas, cuando la chica merecía la pena, cuando estaba a su altura en ingenio y socarronería, Marlowe/Bogart sabía limar asperezas en busca del roce suave que, a fin de cuentas, ambos andaban buscando (Vivian: Podríamos habernos divertido mucho de no ser usted detective. / Marlowe: Aún podemos). Da igual que los diálogos partieran del talento de la novela de Chandler; sólo Bogart podía darles cuerpo en la pantalla de ese modo (no pretendo aquí valorar su capacidad como actor; él ya se encargó de mostrar su versatilidad en, por ejemplo, La reina de África, cuya interpretación del marinero dulcemente sometido al puritanismo patriótico de la hermana del predicador le valió un Óscar).

Y así llegué a Casablanca. Rick Blaine condensaba en un solo tipo todo lo que Bogart era capaz de encarnar. El personaje en sí puede resultar por completo predecible, pero eso no impide que se esperen sus apariciones con admirada expectación.

Rick es, en primer lugar, un hombre respetado:

ILSA: Rick, ¿quién es?

RENAULT: Bueno, está usted en Rick’s, y Rick es… un hombre del que yo me enamoraría si fuera mujer. Un ser extraño, misterioso. Así veo yo a Rick. Pero, ¡qué estupidez hablar a una bella mujer de otro hombre!

Lo avala el contraste entre sus principios y su aparente indiferencia:

RICK: No me interesa la política y los problemas de los pueblos no son de mi incumbencia. Lo mío es un café.

LASZLO: Mis informes no corroboran esa declaración: combatió usted en Etiopía; combatió al fascismo en España.

RICK: Bueno, ¿y qué?

LASZLO: ¿No es curioso que siempre estuviera en el bando de los desafortunados?

RICK: Sí, resultó una afición muy cara; pero los negocios siempre se me han dado muy mal.

Es, cómo no, un tipo irresistible para las mujeres, aunque de nuevo sabe ser de hielo con aquellas que no merecen su atención:

YVONNE: ¿Dónde estuviste anoche?

RICK: ¿Anoche? No tengo la menor idea.

YVONNE: Y, ¿qué harás esta noche?

RICK: No hago planes con tanta antelación.

Se sabe por encima de los mediocres y de los tiranos, y ni se apiada de los primeros ni se arredra ante los segundos:

UGARTE: ¿Tú me desprecias, ¿verdad?

RICK: Si tuviese tiempo de pensar en ti, posiblemente te despreciaría.

…………………

MAYOR STRASSER: ¿Cuál es su nacionalidad?

RICK: Soy borracho.


Es dueño y señor de su vida y de su café, pero la gente lo sigue por devoción, no por dinero:

HOMBRE: Ha de saber que yo era el director del segundo banco de Amsterdam…
CARL: ¿Del segundo? No creo que a Rick le interese. El del primero de Amsterdam es ahora nuestro cocinero. Y su padre es el portero.

……………………

FERRARI: ¿Qué quieres por Sam?

RICK: No compro ni vendo seres humanos.

Y sin embargo el granítico Rick Blaine es un sentimental. Ayuda a escapar de las lúbricas garras de Renault a una joven que espera ansiosa un salvoconducto que les ofrezca a su esposo y a ella misma la posibilidad de un futuro. Y sobre todo es capaz de pasar toda una noche emborrachándose por el recuerdo de aquel amor que ya nunca podrá ser. Porque Rick lo sabe. Sabe que Ilsa debe regresar junto a Víctor Laszlo, que París quedó atrás, en ese lugar de la memoria donde ya no pueden desdibujarlo ni el rencor ni la rabia.

Hoy en día las políticas de género reprobarán al personaje de Casablanca, considerándolo machista o algo por el estilo. Las políticas sanitarias lo satanizarán por el impenitente cigarrillo que lo acompaña. Y las políticas gazmoñas lo estigmatizarán como un personaje trasnochado y retrógrado.

Pues muy bien. A mí me sigue encantando. Rick es un héroe de cartón piedra, de acuerdo. Se le ve la pose a la legua, se le adivina nada más verlo venir. Pero me gusta esa dureza en el trato con los miserables y esa ternura que sólo aflora envuelta en papel de lija. Hay una difusa tristeza en la mirada del impávido hombre de piedra, y eso está al alcance de muy pocos.

Yo quería ser Rick. Qué pena que pase el tiempo y uno se dé cuenta de que hay sueños que no se cumplen. Que ni siquiera deben cumplirse.

Spíderman, el héroe amistoso.

Spiderman ha sido siempre mi superhéroe favorito. Si no figura en el número 1 de esta lista es sólo porque de tan buen chico puede llegar a resultar, digamos, demasiado cercano. Es, no lo olvidemos, nuestro “amistoso vecino”, ese bienhechor que queda en el anonimato no sólo porque oculte su rostro bajo la máscara, sino porque el suyo pretende ser el rostro de cualquiera. Su lucha contra el crimen es la misma que todo ciudadano decente y bienintencionado llevaría a cabo… si tuviese los medios y el valor para hacerlo. Y nuestro entrañable hombre-araña posee ambas cosas.

Peter Parker es el yerno con el que toda madre sueña. Huérfano, educado por el mimo frágil y aletargado de la tía May, compagina la brillantez en los estudios y el trabajo de fotógrafo para el Daily Bugle del histriónico J.J. Jameson. Así, con los exiguos ingresos que recibe del tacaño editor, alivia las dificultades económicas del domicilio familiar. Su timidez, su educada y cándida manera de conducirse por la vida, lo convierten en un buen amigo, pero lo alejan del epicentro de la popularidad. Sin embargo, su alter ego arácnido, Spiderman, es lenguaraz y atrevido, ingenioso para el chiste incluso en medio de la pelea (sus enemigos, en más de una ocasión, se han sentido más torturados por su verborrea que por la endemoniada rapidez de sus movimientos o la contundencia de sus golpes). Lo mismo combate al ladrón callejero que a la banda de criminales organizados, pero sus superpoderes dan toda su medida al enfrentarse a supervillanos como el Duendecillo verde. Quizás fuera éste su principal enemigo. Y quizás porque fue el único capaz de hacer que el siempre correcto Parker/Spiderman traspasase la línea.

Eso es lo que me fascinaba de Peter Parker. No era más que un chaval cualquiera: apocado, buen estudiante, enamoradizo y modelo de cortesía. Yo quería ser como él. Pero sólo porque tras la máscara del gris muchacho (la vieja pregunta: ¿quién oculta a quién?) se esconde un Spiderman tan equilibrado que sabe administrar sabiamente sus apariciones y su anonimato.

Por eso y porque una vez, cuando el Duendecillo se atrevió a trasgredir todas las normas de la pelea, Spiderman permitió que Parker tomara el mando y se lanzase a por una venganza que sólo de manera accidental se consumó.

Yo hubiera hecho lo mismo. Por eso me encanta Spiderman.

El coronel Aureliano Buendía: el héroe de la derrota.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Quien no conozca esta frase ha pasado por alto uno de los placeres más grandes que la lectura pueda ofrecerle.

Huyo, siempre que puedo, de esas surrealistas clasificaciones de “el mundo se divide entre los que sí y los que no”. Y sin embargo parece cierto que los Cien años de soledad de García Márquez no son capaces de dejar indiferentes a sus lectores. La novela apasiona o revienta. Pero nos estamos yendo del tema. Volviendo a la frase inicial del libro, no me parece casualidad que una historia como ésta dé comienzo con el recuerdo – en apariencia incoherente – que al coronel Aureliano Buendía le viene a la cabeza justo cuando está a punto de ser fusilado.

Si un héroe se caracteriza por ser alguien singular, el coronel encarna el rol a la perfección. Como se nos dice en la novela era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos. […] Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó en el suelo.

Un ser misterioso y taciturno, que presiente las cosas y que para regocijo de su padre, José Arcadio Buendía, pronto muestra una paciencia excelente para la alquimia y el trabajo de orfebre. Pero hasta ahí lo único que evidencia el joven Aureliano son unas innatas capacidades que escapan a lo común. Su carácter heroico empezará a madurar cuando las tensiones políticas vengan a mover el subsuelo social de Macondo. Sus iniciales flirteos con los liberales parecen quedar abortados al enterarse de lo que planean los conspiradores (liquidar a los funcionarios del régimen con sus respectivas familias, sobre todo a los niños, para exterminar el conservatismo en la semilla). Siendo el suegro de Aureliano el representante del gobierno conservador, no extraña que le replique al líder liberal: Usted no es liberal ni es nada […] Usted no es más que un matarife.

Sin embargo, con el estallido de la guerra, las posturas se extreman y se imponen las decisiones drásticas: la brutalidad que muestran los militares llegados a Macondo para imponer la ley marcial (baste un botón de muestra: matan a culatazos y en plena calle a una mujer que había sido mordida por un perro rabioso) hacen que Aureliano se decida: El martes a medianoche, en una operación descabellada, veintiún hombres menores de treinta años al mando de Aureliano Buendía, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y los cuatro soldados que habían asesinado a la mujer.

El suegro de Aureliano lo considera una locura, pero el héroe ya ha elegido su camino:

-Esto es un disparate, Aurelito -exclamó.

-Ningún disparate -dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.

A partir de ahí, el coronel irá construyendo su leyenda. Ya se lo había pronosticado, sin saberlo, Pilar Ternera, al anunciarle que estaba encinta de él: Que eres bueno para la guerra -dijo-. Donde pones el ojo pones el plomo. Bueno para la guerra y un héroe de principios, ya que rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república y declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra.

Y sin embargo, la heroicidad del coronel Aureliano Buendía se hunde en las arenas movedizas de la derrota, pues promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Y no sólo por eso; cuando regrese definitivamente a Macondo lo hará para encerrarse en su taller de orfebre, a construir pescaditos de oro con el único fin de fundirlos una vez terminados y empezar a construirlos de nuevo. Arrastrará consigo el frío que los tremedales de la guerra le inocularon en los huesos, y que no conseguirá quitarse de encima por mucho que ande siempre envuelto en una manta vieja e inútil.

Un frío que el coronel intentará anular ordenando ejecuciones arbitrarias, enrocándose en sus silencios, volviéndose inclemente. El frío le extremará los recelos y acabará impermeabilizándolo, eternamente aislado, en una burbuja de poder y soledad. Y ésa es la verdadera derrota del coronel: no lo abate el enemigo, sino la guerra misma.

Cuando José Arcadio Buendía se pierda definitivamente en los laberintos de la muerte, la ciudad que había fundado lo despedirá con una llovizna de minúsculas flores amarillas, flores que cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Sin embargo, la muerte le sobreviene al coronel Aureliano Buendía al ir a orinar contra el árbol del patio doméstico: Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.

El coronel Aureliano Buendía no murió agasajado por una lluvia de flores, sino al más puro estilo de la derrota.

Pero murió de pie.

Como dicen que mueren los héroes.

Nick Carraway (El Gran Gatsby): el Héroe Ético


Me gustaría ser una persona éticamente correcta. Un buen hombre, que diría, en el buen sentido de la palabra, don Antonio Machado. Pero ser “bueno” no es, en mi opinión, lo que normalmente pensamos al oír ese término. Nick Carraway, el personaje que F. Scott Fitzgerlad inventa como narrador para su novela El gran Gatsby, es un ejemplo de lo que a mí me gustaría llegar a ser.

Carraway merecería ya entrar en esta lista por las palabras con que comienza la novela: Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

“Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, me dijo, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti”.

Me encanta el consejo que el señor Carraway le dio a su hijo. Y me gusta más aún que el hijo recuerde siempre lo que su padre le recomendó y que (y ahí está la gracia) lo lleve a la práctica: El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados.

Esa tolerancia ante los demás está muy bien, qué duda cabe. Pero así, sin más, a mí la tolerancia no me dice gran cosa. Lo importante es saber dónde están los límites de lo tolerable. Eso es lo difícil. Y Carraway lo sabe: … después de haber presumido de mi tolerancia, he de confesar que tiene un límite. El comportamiento puede estar fundado sobre roca o en terreno pantanoso, pero más allá de cierto punto me da lo mismo cuál sea su base.

Nick Carraway, hijo de una familia distinguida y acomodada, juega en la novela de Fitzgerald el papel de testigo en la historia de amor imposible entre el fascinante y enigmático Gatsby y Daisy Buchanan. Gatsby, como confiesa el propio Carraway, representaba todo aquello que desprecio sinceramente; Daisy, por su parte, es prima lejana de nuestro héroe. En medio, el marido de Daisy, Tom Buchanan, en cuya descripción vuelve Nick a dejarnos claro que tolerancia e inteligencia son, más que compatibles, inseparables: …había sido uno de los mejores extremos de fútbol americano en la historia de Yale: una figura nacional, en cierto modo; una de esas personas que destacan tanto a los veintiún años, aunque sea en un campo muy limitado, que todo lo que sucede después en sus vidas tiene el sabor amargo del desencanto.

Tom y Daisy son ricos. Enormemente ricos. Y sus vidas se entregan a la deriva en la indolente frivolidad de aquellos alegres años veinte. Gatsby, por su parte, aparece de repente como un excéntrico millonario que cada noche ofrece fiestas de una opulencia desmesurada, en espera de que su nombre y su dinero atraigan de nuevo el amor que en otro tiempo sintió Daisy por él.

A lo largo de la novela Carraway asiste a la representación de la farsa social, la farsa de esa sociedad “bien” que malgasta y gorronea de manera veleidosa. Su tolerancia le permite no aventurar juicios, pero las evidencias le indican el calado moral de cada uno de los protagonistas. Si Gatsby representaba en un principio cuanto nuestro héroe desprecia, los acontecimientos van poco a poco situándolo como el personaje más íntegro. Daisy, por el contrario, acaba mostrando lo que en realidad es. Lo que en realidad siempre fue.

Al entierro de Gatsby, en cuyas fiestas se agolpaba la gente y cuyo saludo se valoraba como una distinción especial, no acude más que Nick. Nadie responde a la llamada que Carraway hace para avisar del funeral. Ni siquiera la insustancial Daisy.

Así, nuestro héroe no lo es únicamente por ser capaz de valorar antes de emitir un juicio. Está en esta lista porque tras el juicio actúa de manera ética y coherente. No sólo asiste al entierro de Gatsby, impermeable a la indiferencia general. Carraway me parece un héroe porque cuando, pasado un tiempo se encuentra con Tom Buchanan, responsable más o menos indirecto de la muerte de Gatsby, reacciona como a mí me gustaría reaccionar. Tom le tiende la mano a modo de saludo, pero Nick sabe que hay individuos con quienes uno no debe ensuciarse:

– ¿Qué te pasa, Nick? ¿Es que te niegas a darme la mano?

– Sí. Ya sabes lo que pienso de ti.

Carraway deja a aquel inmoral y rico imbécil con la mano en el aire, como debe ser. Pero la grandeza de Nick se muestra después, al despedirse: Tom y Daisy eran criaturas desconsideradas: hacían añicos cosas y personas y luego volvían a su dinero o a su enorme desconsideración […], y dejaban que otros se encargaran de limpiar lo que ellos ensuciaban…

Le di la mano; parecía absurdo no hacerlo, porque de repente tuve la sensación de que estaba hablando con un niño.

Al final Nick le da la mano a aquel ser pueril. Supongo que eso es lo que hace un individuo bueno, en el buen sentido de la palabra.

A mí las tripas lo que me piden es, después de calibrar fuerzas, arrimar dos puñetazos.

Por eso admiro a Carraway.

Espartaco, el Héroe Legendario

La mayoría de los héroes comparte un estigma común: la soledad. Un individuo singular, especial en su manera de conducirse o en el valor que encuentra ante determinadas situaciones, no puede por lo general sentirse arropado por una multitud. Los “superhéroes” viven la disociación de su personalidad (ciudadano conocido / encapuchado misterioso) obligados a rechazar cualquier tipo de intimidad que pueda poner en peligro su secreto. Los héroes éticos se ven aislados por una sociedad que ve en la rectitud del personaje un reflejo inverso de sus propias incoherencias. Y así con casi todos los tipos de héroes que podamos imaginar.

Espartaco, por contra, es un héroe de masas. Un héroe popular, en el sentido más limpio de la palabra. Encabeza, como ejemplo a imitar, una multitud que lo sigue y lo admira. Y es aquí donde tal vez resida la diferencia: la admiración que Espartaco despierta es lo que lo convierte en un héroe para los demás.

No es extraño, en cualquier caso. Todos necesitamos guías, un norte espiritual o magnético que tomar como referencia, porque no todos podemos ser héroes. Además, la historia de Espartaco se desarrolla en la época en la que se gestan las grandes hazañas, aquellas que perduran en la memoria colectiva y cuyos líderes se convierten en paradigmas de valores imitables.

De todas formas, Espartaco vive también su particular deambular de héroe solitario. Convertido en esclavo y obligado a salvar la vida luchando como gladiador, es tratado como un animal de presa a quien se alimenta e incluso se ofrecen mezquinas recompensas carnales (recuérdese que Varinia es entregada a nuestro personaje como pequeño trofeo con el que satisfacer urgencias o deseos salaces). Aquí el héroe sobrevive en soledad, la soledad de sus principios y de la firme determinación de no dejarse convertir en un objeto de lucha y diversión. Si los demás ceden, Espartaco no; si los demás comen de la mano que los alimenta, Espartaco come para sobrevivir y recordarse en cada momento que no es un esclavo, sino un espíritu libre.

Y cuando la oportunidad se presenta, el héroe reacciona según los dictados de su conciencia, asumiendo de manera individual las consecuencias de sus actos. Lo que ocurre es que su valor, en vez de despertar la envidia de los demás, enciende los aletargados espíritus de quienes, como él, sobreviven a una esclavitud siempre indigna.

Aquí se produce el punto de inflexión en la carrera del héroe legendario. Si el Cid del Cantar decide hacer jurar al rey Alfonso su inocencia en la muerte del anterior monarca, lo hace por propia iniciativa. Y parte al destierro consecuente a su osadía acompañado sólo por un puñado de fieles caballeros. Son sus gestas posteriores lo que poco a poco consigue engrosar las filas de sus ejércitos. Del mismo modo, Espartaco se rebela ante quienes lo esclavizan, asumiendo que puede morir en el intento. Pero no muere; y su ejemplo prende en el rencor aletargado de cuantos, como él, sufren la humillante falta de libertad.

Espartaco pretende liberar a todos los esclavos de Roma que quieran unírsele. Su capacidad de liderazgo aleja la posibilidad de que alguien le discuta el puesto. Su valor lo consagra como ejemplo, porque ni pide ni lucha por nada que no sea deseado por quienes lo siguen con fervor. El combate lo libran todos, pero es el héroe quien lo inicia, quien se atreve a iniciarlo.

La muerte no logra destruir al héroe. Lo único que consigue es hacerlo merecedor de un hueco en la leyenda eterna del ser humano libre.

Yo no podría ser Espartaco. Pero quiero pensar que, llegadas las circunstancias, lo seguiría hasta la derrota y junto a los demás también gritaría: “Yo soy Espartaco”.

Batman, el Héroe Justiciero

Lo sé. Dije que Spiderman era mi superhéroe favorito. Por eso puede sonar raro que Batman aparezca en esta lista ocupando un lugar preeminente con respecto al arácnido vecino. La explicación es sencilla. Spidey es un héroe juvenil, varado por siempre (en lo que a mi memoria se refiere) en sus años de universidad, de trabajillos mal remunerados para el diario de Jameson, de amores que no llegan a concretarse. Luego se casó con Mary Jane, es cierto, pero ese Spiderman ya no es el que yo leía de adolescente. Lo que me gustaba (y me sigue gustando) de Parker es lo que tiene de juventud, de futuro posible.

Batman es otra cosa. Cuando se dejan atrás los dieciocho años uno va poco a poco acercándose al “señor de la noche”. Y cuando se tiene la edad que yo tengo (no me lo recuerdes, canalla), Batman está por encima del amistoso hombre-araña. Porque Batman ya no es el héroe bondadoso que todos quisiéramos llevar dentro, oculto bajo una máscara de mediocre cotidianidad. Batman no es ni bueno ni malo; su justicia es tan personal y subjetiva que deja de ser justicia para adentrarse de lleno en el terreno de la venganza. Bruce Wayne no es Peter Parker, en la misma medida en que uno ya no es a los cuarenta quien era a los dieciocho. Millonario y poderoso en su vida “oficial”, poco tiene que ver Wayne con el pobre Parker, preocupado siempre por la salud de la tía May, por los exámenes, por las veleidades femeninas… A Parker lo convierte en Spiderman el destino en forma de araña radioactiva. A Batman lo construye Wayne con sus propias manos. Batman se inventa a sí mismo de la misma forma que Wayne diseña el traje y los mecanismos que emplea el hombre murciélago en la noche de Gotham. Bruce Wayne diseña a Batman como una proyección de su miedo y de su rencor, con la meticulosidad del ingeniero y la fe del terapeuta, y por eso el resultado es sustancialmente distinto a Spiderman.

Las acciones de Batman no son las de un buen ciudadano, respetuoso con la ley, sino las de un justiciero nocturno que venga en cada malhechor la muerte de sus padres, la desolación de su orfandad, la podredumbre moral de la ciudad que su padre construyó. Batman se debate entre el deber adquirido y la necesidad de encontrar la paz interior, y las resultas de ese debate son dolorosas y crueles en la mayoría de los casos.

A Spiderman lo persigue el inefable J.J. Jameson, pero salvo el editor pocos dudan de la bondad del héroe arácnido. Con Batman no ocurre lo mismo; la discusión Batman sí, Batman no es en Gotham tan real como difícil. ¿Cómo defender a quien se toma la justicia por su mano? ¿Y cómo censurar a quien limpia Gotham de la escoria que la inunda?

Batman golpea y luego pregunta. Primero castiga y luego juzga. Pero no lo hace en un arranque irreflexivo y pasional, sino tras largas meditaciones solitarias. Y esto es lo peor (¿o es lo mejor?) de Batman. Su frialdad, su concentración, su largo meditar cada paso, cada vuelo nocturno, cada golpe, cada fractura o luxación.

Con todo, hay una línea que Batman no puede traspasar; bastante pesa en su conciencia la muerte de alguno de sus aliados como para cargar también con el fantasma del asesinato premeditado. Pero hasta de eso se lamenta el siempre atormentado Bruce Wayne.

Lamenta, repasando la frialdad numérica de las víctimas, no haber acabado con el Joker cuando pudo hacerlo.

Pero todo se puede enmendar, ¿no, Batman?

Roy Batty (Bladerunner), el Héroe Doble

Más humanos que los humanos.

Este es el lema de la Tyrell Corporation en el guión de la película Blade runner de Ridley Scott. La cinta (1982) nos sitúa en un mundo entonces futuro: A principios del siglo XXI, la Tyrell Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus. Un ser virtualmente idéntico al hombre y conocido como Replicante. Los Replicantes Nexus-6 eran superiores en fuerza y agilidad y, al menos, iguales en inteligencia a los ingenieros de genética que los crearon. En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración y colonización de otros planetas.

Los replicantes son, pues, un modelo muy avanzado de robot. Tan avanzado que sólo un aspecto separa a los humanos de los Nexus 6: fueron diseñados como copias de seres humanos en todos los sentidos, excepto en sus emociones. Pero, los diseñadores creen que, al cabo de unos años, pueden desarrollar sus propias respuestas emocionales; odio, amor, miedo, cólera, envidia…. En la novela de la que parte la idea de Blade Runner (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick) la diferencia entre seres humanos y máquinas sólo estriba en la imposibilidad de estas últimas para experimentar la empatía. Esa carencia, detectada a través del sofisticado test de Voight Kampff, es lo único que permite distinguir a los replicantes de quienes no lo son.

En este contexto aparece el Nexus Roy Batty. Es, digamos, el villano de la historia. Y sin embargo yo veo en él rasgos heroicos que le merecen un sitio dentro de este ranking. Por una parte lidera una rebelión replicante, y eso lo convierte en un héroe para las máquinas. ¿O no son máquinas? No somos computadoras, Sebastian. Somos físicos, le dice Batty a J. F. Sebastian. Yo creo, Sebastian, que eso es lo que soy, corrobora Pris, otra replicante (se ha señalado el grave error de traducción respecto al original inglés, según el cual Pris dice nada menos que I think, Sebastian, therefore I am; lo que sería literalmente: Pienso, Sebastian, luego existo).

Roy abandona un mundo exterior, en el que su papel era el de simple esclavo. Toma conciencia de su propia existencia, de sus propias potencias, de su capacidad de raciocinio. Es, se nos dice en la novela, un místico: Dotado de preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a intentar la fuga, apoyando ideológicamente su propuesta con una presuntuosa ficción acerca del carácter sagrado de la supuesta “vida” de los androides.

Roy defiende la idea de “vida” para los androides, y por ello busca en la Tierra respuestas, las mismas respuestas que todos buscamos. Consigue entrevistarse con su creador, el propio Tyrell, en un diálogo fascinante:

Tyrell: Me sorprende que no hayas venido antes.

Roy: No es cosa fácil conocer a tu creador.

Tyrell: ¿Y qué puedo hacer yo por ti?

Roy: ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho?

Tyrell: ¿Te gustaría ser modificado?

Roy: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.

Tyrell: ¿Qué? …. ¿Qué es lo que te preocupa?

Roy: La muerte.

Tyrell: ¿La muerte? Me temo que eso está fuera de mi jurisdicción, tú….

Roy: Yo quiero vivir más, padre.

¿Puede el creador reparar lo que ha hecho? Los replicantes no pidieron ser creados, pero ahí están. Son seres superiores, y lo saben (¿Estás orgulloso de ti, hombrecito?, le espeta Roy a Deckard. El diminutivo que emplea está cargado de desprecio). Su problema es la inmadurez emocional, o la falta de empatía. A pesar de todo, con ironía o sin ella, Batty acude a la idea de un ser superior, superior a hombres y androides: No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me impida la entrada en su cielo.

Si la historia la escribieran los androides, Batty sería un héroe, un precursor. Pero al margen de ello, al margen de quien escriba la historia, Batty desarrolla (al menos en la versión cinematográfica), la añorada empatía. Y eso lo hace un héroe pleno. No sólo el héroe de los robots rebeldes, sino en el héroe que ama la vida, cualquier clase de vida, por encima de todas las cosas.

Su conciencia del valor de la existencia lo aleja del rol oscuro con el que solemos acercarnos al personaje. No es un simple robot: su “maldad” (si es una máquina, ¿cabe en él usar tal término?) no es distinta a la de los humanos. Y su amor a la vida lo sitúa por encima del que tienen muchas, muchas personas.

Gandalf, el Héroe Sabio

¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para cualquier especie de cuento notable. Así, en las páginas de El hobbit, se me presentó hace ya bastantes años este personaje. Era, en apariencia, sólo un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.

Su enorme gorro puntiagudo, su barba, su bastón… Gandalf se convirtió para mí y desde entonces en la imagen por antonomasia del mago. No del prestidigitador compulsivo que lanza hechizos y conjuros a diestro y siniestro. No un hada madrina capaz de conceder deseos o de velar por la realización de los sueños de sus ahijados. Un mago. O por mejor decir, un Istari, uno de esos individuos a quienes los Hombres – dice Tolkien en El Silmarillionllamaron los Magos. Nadie sabía en aquel tiempo de dónde eran, salvo Círdan de los Puertos, y sólo a Elrond y a Galadriel se les reveló que venían de allende el Mar. Pero luego se dijo entre los Elfos que eran mensajeros enviados por los Señores del Occidente para contrarrestar el poder de Sauron, si éste despertaba de nuevo, y para incitar a los Elfos y a los Hombres y a todas las criaturas vivientes de buena voluntad a que emprendiesen valerosas hazañas.

Un ser especial, enviado por los Valar para ayudar a los habitantes de la Tierra Media. ¿Cabe, entonces, hablar de heroísmo en Gandalf? Si fue dotado de poderes por los dioses creadores del mundo, y si fue enviado a ese mundo para ayudarlo… ¿dónde está el heroísmo? ¿Es un héroe el ingeniero, adiestrado para diseñar edificios o máquinas, cuando realiza su trabajo?

Pues sí. Gandalf es un héroe porque de cuantos istari fueron enviados a la Tierra Media sólo él logra su objetivo. Otros, tan capaces como él, se desdibujaron en la ambición o distrajeron su misión entre sus criaturas predilectas. Gandalf, por el contrario, persevera. Es cierto que fue preparado para cumplir un cometido, pero pudo, como los otros, olvidarlo o desistir, y sin embargo su empeño lo empuja una y potra vez a trabajar por el cumplimiento de su tarea.

Y lo hace, sobre todo, a través de la sabiduría. Con su poder se enfrenta al Balrog o a los Nazgül, pero es su sabiduría la que le permite convertirse en una pieza clave de la historia de Tolkien. Son sus sabios consejos los que le permite al resto de personajes afrontar su camino con fe o, al menos, encaminar sus pasos con acierto.

Gandalf sabe lo que es la verdadera sabiduría, como se aprecia cuando le advierte al descarriado Saruman: Aquel que quiebra algo para averiguar qué es, ha abandonado el camino de la sabiduría. La verdadera misión del sabio es dar aliento ante la debilidad, o hacer notar esa debilidad a quien debe despertar de su letargo: No tengo ningún consejo para darle a aquel que desespera, le dice al hechizado rey Théoden, intentando despertarlo de las sombras.

Pero de entre todos los consejos de Gandalf, cómo olvidar dos que lo convierten en un sabio atemporal, cuyas palabras no pierden validez fuera de las páginas en las que cobra vida. El primero tiene forma de arenga dirigida a los hombres para afrontar la última y definitiva batalla: Pero no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. Pero que tengan sol o lluvia, no depende de nosotros. Mucho aprenderíamos si fuésemos capaces de sacar estas palabras de su original contexto libresco.

El segundo y más grande consejo que nos deja Gandalf tiene que ver con una ética básica, una moral por encima de realidades y fantasías. Intenta orientar al confundido Frodo, pero creo que termina por orientarnos a todos:

Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.


Este es Gandalf. Apareció una mañana ante la puerta de Bilbo y se marchó un buen día, con el atardecer, hacia las tierras del Oeste. Pero antes de irse nos regaló otro consejo:

No os diré: no lloréis; porque no todas las lágrimas son malas.

Los tipos duros no lloran. Los héroes sabios sí.

Theo Faron (Clive Owen en Hijos de los Hombres): el Héroe Verdadero

Es extraño esto de la fe. Curioso. Nos movemos en virtud de una esperanza intangible, de una posibilidad, de un mundo en subjuntivo. Y no hablo de una fe religiosa, sino de cualquier tipo de fe.

Quizá por estar hecha de humo, la fe puede perderse con facilidad. Pero es, en cualquier caso, un humo esencial, sustantivo, porque su ausencia deja un vacío insondable en nuestro interior.

Theo Faron es un hombre que ha perdido la fe. En su alma lucharon la fe y el azar, y perdió la primera. A partir de ahí Theo deambula roto por un mundo que se resquebraja en los estertores de su agonía. Descreído, cínico y sobre todo triste, Theo da la espalda a una sociedad absolutamente estéril, incapaz de producir nada que no sea dolor y represión.

Su fe del pasado lo llevó a militar activamente contra un sistema autoritario. Pero su drama personal le arrancó la fe de las manos. Ese mismo azar que lo empujó en su día a la asunción de altos ideales, a conocer a la que sería su esposa, se vuelve de repente en su contra.

No es difícil encontrarse varado en una situación similar. Los dramas personales son, por personales, siempre trágicos. A algunos les acecha, incesante, la voz del abandono, de la renuncia, de la derrota; y en esas circunstancias es muy sencillo encontrar en el azar la excusa perfecta para entregarse, para abandonar la lucha cotidiana contra la desgana y el hastío. Faron se abandona y lo abandona todo. Y sin embargo la nostalgia, o quizá un resquicio de fe inadvertido para él mismo, le permiten aceptar el que será su último camino.

El favor personal que le pide su antigua compañera – un mero trámite, si consideramos el desarrollo de la obra – se embrolla de tal modo que Theo acaba guiando a través de las letrinas de la sociedad a una mujer que porta la única esperanza posible, el único mañana que cabe en el horizonte. Y lo hace a pesar de su falta de fe, porque ya no es humo lo que lo empuja, sino bondad, sentido común, civismo… no sabría decirlo. Quizá sea todo ello junto. Theo se recupera a sí mismo mientras pierde lo poco que le quedaba (a su amigo Jasper, por ejemplo), recupera una causa que por ser común le hace superar el marasmo que lo anestesia como individuo. Esto lo conduce por un mundo en ruinas que sangra y vomita desesperación. Él también parece desesperar, pero no por ello se abandona a la animalidad, ni deja de escandalizarse ante los abusos, ni se insensibiliza ante la locura.

En medio de un tiroteo, Theo se lanza tras unos escombros intentando evitar las balas. El parapeto ya estaba ocupado, por lo que en su caída choca con quienes se refugiaban allí y protestan por la llegada del intruso. Y Theo se disculpa (perdón…, perdón). En mitad de la muerte y las ametralladoras, con su vida y la de la mujer a quien acompaña en juego, Theo Faron se disculpa por caer sobre quienes como él intentan sobrevivir. Cuando es más fácil dejarse llevar por el mi vida antes que la tuya, por el matar antes que morir, en el corazón mismo del caos, cuando todo se derrumba, Theo sigue siendo una persona. No un enmascarado con poderes sobrenaturales, no un mago, no un tipo duro… Es un hombre, un ser humano.

Ése es el heroísmo verdadero. Seguir siendo persona cuando todo se pierde.
Video Hijos de los Hombres

Responses

  1. Que opinas de One Punch Man como heroe lejos de toda parodia o formato ¿que opinas de las hazañas heroicas de Saitama?


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: