Posteado por: Skurch | 27 agosto 2016

EL CINE DE GÁNSTERES

Por Migueloncio09

 

El diccionario define “gánster” como aquel “miembro de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades”. El término, que procede del inglés gang, “pandilla”, y que por ello tendría un significado original de “pandillero”, nos sitúa ante un criminal que participa de las actividades delictivas de una banda organizada y que actúa en el ámbito urbano.

Como personaje, desde muy temprano el gánster comenzó a figurar como eje de tramas cinematográficas, literarias, televisivas… y desde ahí ha sabido dar el salto a otros soportes como el del cómic o el de los videojuegos.

Centrándonos en el mundo del celuloide, el cine de gánsteres ha constituido desde antiguo un género en sí mismo, caracterizado por abordar el tema de lo que se conoce como “crimen organizado”, un asunto que el espectador recibe desde la óptica del propio gánster, ahora protagonista de una trama que nos lo presenta como un personaje ambiguo, cruel y justo al mismo tiempo, un individuo que lejos de carecer de patrones morales, ejerce de manera rigurosa su propio código de conducta.

No debe confundirse este género del gánster con el del llamado “cine negro”, que sería, a decir de algunos, más un estilo que un género cinematográfico. El cine negro, desarrollado en los años ’40, parte con frecuencia de guiones adaptados de novelas de Raymond Chandler o de Dashiell Hammett. En ambos casos, el literario y el cinematográfico, el protagonista es un detective privado (recordarás a prototipos inolvidables como Philip Marlowe, por ejemplo), detectives que se ven envueltos en una trama criminal de personajes difícilmente catalogables. El maniqueísmo de “buenos y malos” se diluye entre protagonistas que ejercen más de antihéroes que de héroes tradicionales, y todo ello dentro de una ambientación característica, muy estilizada, con una marcada afición por el claroscuro y la iluminación tenebrosa, y todo ello con objeto de crear un decorado que funciona casi como una metáfora de la psicología imprecisa de los personajes.

Es un cine muy influido por el expresionismo alemán, ese movimiento cultural vanguardista que a principios del siglo XX pretendía ofrecer una visión subjetiva de la realidad mediante la deformación, la violencia en el uso del color y una temática que recorre los callejones de la soledad y la miseria humanas.

Pero este es el cine negro. Y aunque emparentado, nuestro programa de hoy quiere centrarse en ese otro género cinematográfico que tiene como tema principal el crimen organizado. Lo que con frecuencia suele denominarse “la mafia”. Así que cabría preguntarse, antes de empezar a hablar de cine… ¿qué es la mafia?

En realidad “mafia” hace referencia al crimen organizado de origen siciliano, aunque por extensión se aplica a toda organización criminal, sean cuales fueren su nacionalidad o sus raíces. Se habla así de la mafia rusa, de la china… Aunque, si queremos ser precisos, la palabra yakuza, por ejemplo, es el nombre particular que recibe la mafia japonesa. E incluso sería inexacto hablar de “mafia italiana”, ya que son varias las regiones transalpinas que poseen “denominación de origen” para sus propias organizaciones de criminales: la ‘Ndrangheta (NdrÁngueta) de la región de Calabria, la Camorra napolitana, etc.

La mafia o Cosa Nostra sería el nombre que recibe el crimen organizado en Sicilia, o por lo menos el que tiene un origen siciliano.

Se dice que la mafia nació en Sicilia como una especie de confederación o hermandad regida por férreas normas y códigos de conducta que tenía como fin inicial la protección de sus confederados y la aplicación de una justicia que las leyes oficiales no se interesaban por aplicar.

Hay que recordar que Sicilia vivió durante siglos bajo una organización social de tipo casi feudal, en la que una casta dominante y minoritaria explotaba al campesinado en alianza con las autoridades oficiales. La necesidad de defenderse generó entre los explotados estas “hermandades” en las que los vínculos de sangre constituían uno de los pilares que mantenían la unidad de la organización.

La vida del campesinado siciliano no mejoró con la unificación del país; antes se mantuvieron las condiciones de miseria a favor de las clases dirigentes. De ahí que la mafia siguiera siendo una alternativa al injusto sistema administrativo, una alternativa que poco a poco fue actuando no sólo dentro del terreno de la protección y de la aplicación de la justicia, sino que se fue internando cada vez más en el de la propia extorsión y el crimen, entrando así de lleno en esa consideración de que la mafia constituye un clan organizado de carácter criminal.

De hecho, a mediados del siglo XIX, el alarmante aumento de la criminalidad en la región de Sicilia determinó un intento por parte del gobierno de la nación de acabar militarmente con el problema. La medida, sin embargo, sólo condujo a la caída del gobierno conservador, hasta entonces en el poder, y el establecimiento de un ejecutivo de izquierdas con el que la mafia mantenía importantes contactos y a quien ofreció la “pacificación” de Sicilia a cambio del establecimiento de vínculos de mutuo beneficio. De hecho, la mafia ayudó al Estado aplastando sin piedad los movimientos obreros de la época, algo que generó un masivo éxodo de italianos que buscaron, sobre todo en los EE.UU., una manera de mejorar sus condiciones de vida o simplemente de conservarla. Serán estos inmigrantes, ya en suelo norteamericano, los mismos que acabarán aplicando en su nueva patria los modelos y comportamientos asumidos desde antiguo en su tierra natal.

A partir de ahí, y gracias al protagonismo que el cine comenzó a darle a estas organizaciones criminales, los espectadores aprendimos que la mafia se estructura en “familias” – algo muy relacionado con los vínculos de sangre aludidos al analizar los orígenes de la Cosa Nostra –, familias dirigidas por un Don situado en el vértice de una pirámide de mando que pretende aislarlo por completo de la ejecución concreta de cuantas acciones criminales lleve a cabo la organización. Conocimos, además, términos como el de “consigliere”, normalmente representado como un consejero directo del Don, pero que al parecer ejerce más bien como mediador en los eventuales conflictos que puedan surgir dentro de la familia, o “caporegime”, ese capitán que se situaría un escalón por debajo pero dentro de la cúpula de poder, y que sería el responsable directo de un número más o menos amplio de “soldados” o peones a sueldo, verdaderos ejecutores de las actividades criminales de la familia.

 

Audio El Padrino: QUÉ ES CONSIGLIERE

 

La jerarquía del clan se establece pues, además de por su propia estructura, en virtud de que el individuo sea admitido dentro del seno de la familia propiamente dicha, o de que permanezca como simple “soldado”, vinculado a la organización de forma más o menos estrecha pero sin alcanzar los privilegios que supone ser “uno de los suyos”. El ritual de ingreso en la familia – muy tradicional y cargado de elementos simbólicos que se centran en la idea del honor y en la promesa de fidelidad al clan – ha sido también representado en la pantalla con cierta frecuencia.

 

Vídeo Los Soprano: CEREMONIA DE INGRESO

 

Constituidas así las familias, admitidos sus miembros bajo estos rituales y el juramento que los liga a un estricto código de honor y de silencio (la famosa omertá), no es infrecuente que los intereses de una organización y otra entren en conflictos que, eventualmente, pueden desembocar en una de las llamadas “guerras entre familias”, un verdadero estado de confrontación bélica con ataques, represalias y ocultamientos en apartamentos alquilados para aislar a los capos de cualquier ataque enemigo.

 

Audio El Padrino: CLEMENZA, GUERRA CADA 5 Ó 6 AÑOS

 

Pero centrándonos ya en lo que sería el cine de gánsteres, hay que insistir en que se trata de un género cinematográfico que tiene como eje argumental el mundo del crimen organizado, a través de la perspectiva que se nos ofrece desde los propios mafiosos. La ambivalencia que esto genera en los protagonistas, sobre quienes recae la atención, el interés, y con frecuencia lo que podríamos llamar las simpatías del espectador, ha generado con frecuencia controversias si no directamente problemas con la censura. A propósito de todo esto, te recomendamos los posts de Darío Lavia en www.hollywoodclasico.com (Cine de gángster) o de Oswaldo Osorio, El crimen no paga, en la página www.cinefagos.net.

 

El gánster aparece ya en los mismos inicios del cine, de la mano de David Griffith, quien en 1912 presenta su obra Los Mosqueteros de Pig Alley, una cinta muda que ofrece ya las luchas entre clanes y el carácter moralmente ambiguo del gánster. De 1920 es la cinta Fuera de la ley, de Tod Browning, que también incluye un gánster encarnado por el actor Lon Chaney, y en el ámbito europeo Fritz Lang llevó a las pantallas en los años ’20 al personaje literario conocido como Dr. Mabuse, que más que un mafioso es una especie de Fu-Manchú con poderes que lleva a cabo sus actividades delictivas desde lo alto de su organización criminal y a través de sus minuciosos y malévolos planes.

Estos serían los orígenes, pero el verdadero cine de gánsteres aparece como respuesta a la realidad social que surge en los EE.UU. con motivo de la aplicación de la llamada Ley Seca, que entre 1919 y 1933 convirtió en ilegal todo lo relacionado con la destilación, transporte y venta de bebidas alcohólicas. Esta prohibición, que no consiguió en modo alguno eliminar la demanda de alcohol en la sociedad, generó un mercado negro que pronto fue absorbido por lo que llegaría a conocerse como crimen organizado. Esta ley, y el mundo delictivo que corre paralelamente a ella, originan personajes contemplados por la sociedad con una mezcla de admiración y temor, lo que pronto los convierte en una especie de héroes románticos. Y eso era algo que el cine no podía dejar de reflejar.

 

Audio Uno de los Nuestros: Yo quería ser un gánster

 

En realidad el crimen organizado no sería más que una perversión del llamado “sueño americano”, esa creencia estadounidense de que cualquier ciudadano, sea cual sea su origen o su condición, puede, a partir de su esfuerzo y dedicación, alcanzar en este supuesto país de la Libertad y la Igualdad todos sus sueños de progreso y bienestar.

La mafia actuaría en este sentido como una parodia de la estructura social: si el ciudadano debe contribuir al Estado con su regular pago de impuestos, la mafia recoge periódicamente sus tributos a cambio de protección o de simplemente dejar “en paz” a quienes caen bajo su esfera de influencia. Si el Estado se organiza por medio de leyes, las organizaciones criminales siguen de manera estricta reglas y códigos no sólo dentro de una familia, sino en las relaciones entre clanes distintos. El incumplimiento de las leyes lleva al ciudadano a pagar sus delitos con la cárcel, del mismo modo que la violación de las normas que rigen la familia mafiosa, la traición, por ejemplo, conlleva la inevitable ejecución del delator. Y por último, del mismo modo que una empresa o particular puede entrar en quiebra económica, las familias pueden caer en desgracia, ya sea como consecuencia de un enfrentamiento con clanes rivales o merced a la actuación de la policía.

En cualquier caso, la realidad social derivada de la Ley Seca tendrá, como dijimos, un pronto reflejo cinematográfico: llega, con el cine sonoro, la que puede considerarse como la época dorada del género de gánsteres, con títulos como Hampa dorada (Little Caesar, en el original), dirigida en 1931 por Mervyn LeRoy, El enemigo público, del mismo año y del director William Wellman, o Scarface, una obra que Howard Hawks dirigió en 1932. Y con ellos, el rostro y los modos del gánster se va perfilando en el imaginario del espectador, a través de actores como Edward G. Robinson, James Cagney o Paul Muni. En todas estas películas se narra el ascenso de un delincuente de poca monta gracias a los negocios ilícitos que lleva a cabo, sobre todo, mediante al tráfico de bebidas alcohólicas. La realidad social que retratan estos filmes es evidente, en tanto que Scarface y Hampa dorada retratan de manera más o menos directa la figura del mítico Al Capone (cuya cicatriz en el rostro, de hecho, le hizo merecedor del apodo scarface, “cara cortada”).

Este nuevo género cinematográfico, establecido a través de cintas como las que acabamos de citar, adquiere unas características propias en esta época que podríamos resumir en los siguientes puntos:

  1. El argumento de estas películas bien podrían salir, si no lo hacía directamente, de la realidad norteamericana de los años ’30, ya que los titulares de prensa del momento recogían con frecuencia datos sobre las actividades mafiosas, sus crímenes y reyertas.
  2. El espacio en el que se desarrollaba la acción era, como se dijo en un principio, eminentemente urbano, con un decorado de salas de fiesta, bares clandestinos…, pero también lugares sórdidos, callejones, pisos franco y otros refugios para el gánster perseguido…
  3. El protagonista es un inmigrante o hijo de inmigrantes (normalmente italiano, pero también irlandés, cubano, etc.). Aunque en suelo norteamericano, busca acomodo entre sus compatriotas, lo que le permite conservar su idioma, sus expresiones y costumbres.

 

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Y sin embargo, a pesar de sentirse ajeno a la cultura que lo acoge, desea participar de su sueño más característico. Como dijimos, el gánster representa la perversión del sueño americano, a través de un recorrido frenético que lo lleva, desde la pobreza inicial, a vivir un ascenso pleno de dinero, joyas, fiestas y mujeres. A partir de ahí, y desde la cumbre de su poder, el personaje entrará en una irremisible decadencia, anunciada en muchos casos merced a detalles recurrentes como el encapricharse de la mujer inadecuada o el progresivo deterioro de su relación con su hasta entonces amigo y mano derecha. Y el colofón será, de manera también irremediable, una caída absoluta que se traduce cinematográficamente en una secuencia final de carácter apoteósico en la que el gánster muere, ya que en estos filmes de la época dorada, el mafioso, bien porque conserva ese aire romántico, bien porque debe pagar sus crímenes de manera definitiva ante el espectador, nunca es apresado y encarcelado, sino que termina sus andanzas con una muerte espectacular.

 

Audio Al Rojo Vivo: LO CONSEGUÍ, MA. LA CIMA DEL MUNDO

 

  1. Son recurrentes también una serie de personajes secundarios en este tipo de películas: así, por ejemplo, no suele faltar el amigo del protagonista, que muere de manera casi indefectible como parte del tributo que el gánster debe pagar en su ascenso al poder. No falta tampoco el estereotipo de la mujer fatal, de quien el protagonista se enamora y que ocasionará, en más de una ocasión, el inicio de su caída.

 

Audio Casino: MUJER FATAL

 

Y por último la madre del mafioso, un personaje que a veces supone el último vínculo del delincuente con la ley y las buenas costumbres, y que en otras ocasiones, y a pesar de su aspecto desvalido, sabe crearle al hijo un enfermizo estado de dependencia merced a su manipuladora sobreprotección.

 

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  1. En otro orden de cosas, estas películas de los años 30’ mostraban el mundo del crimen pero, al menos al principio, no debían ser “una escuela de delincuentes”, es decir, no debían mostrar cómo delinquir: cómo llevar a cabo el contrabando de alcohol, dónde conseguirlo, etc.
  2. La policía, por su parte, no llevaba a cabo en estos filmes una labor digamos detectivesca, sino que actuaba merced a los soplos recibidos por sus informantes.
  3. Por último, la llegada del cine sonoro aportó a este género cinematográfico una banda sonora propia, cargada con los frenazos de los automóviles, el tableteo de las ametralladoras… y esa música de jazz que inundaba las salas de fiestas y los locales clandestinos.

 

Estos serían los inicios del cine de gánsteres, y este el estereotipo que de aquellos comienzos resulta. Sin embargo, pronto se irán introduciendo cambios: a mediados de los años 30 se produce un giro significativo en este tipo de películas, como consecuencia de la entrada en vigor, a partir de 1934, del llamado Código Hays. Se trata de un código de autocensura, promovido por organizaciones de carácter religioso, sobre todo católicas, que exigían la necesidad de que el cine despojase al criminal de cualquier ambigüedad moral o de cualquier carácter digamos romántico o heroico. El delincuente, el gánster, debía aparecer siempre como un inadaptado, una oveja descarriada dentro de una sociedad que no podía permitirle nunca salirse con la suya. La policía, por su parte, debía presentarse como la brillante encarnación del orden y la ley, siempre eficaz e impermeable a cualquier posibilidad de corrupción. Las fuerzas del orden, de este modo, pasan de antagonistas a protagonistas positivos de filmes como Contra el imperio del crimen. Al delincuente, por su parte, se le ofrece en estas cintas la posibilidad de redención (recuerda que en las obras anteriores al Código Hays el final del gánster había de ser, inevitablemente, la muerte – a veces con tintes gloriosos –, pero nunca la caída en manos de la policía y la cárcel consecuente).

Estas modificaciones determinaron, por ejemplo, que los habituales rostros del gánster cinematográfico (Cagney, Robinson…) pasaran a representar a agentes de la ley en títulos como la citada Contra el imperio del crimen.

A partir de los años 30 se produce un cambio significativo en este género cinematográfico, como consecuencia de la entrada en vigor, a partir de 1934, del llamado Código Hays. Se trata de un código de autocensura, promovido por organizaciones de carácter religioso, sobre todo católicas, que exigían la necesidad de que el cine despojase al criminal de cualquier ambigüedad moral o de cualquier carácter digamos romántico o heroico. El delincuente, el gánster, debía aparecer siempre como un inadaptado, una oveja descarriada dentro de una sociedad que no podía permitirle nunca salirse con la suya. La policía, por su parte, debía presentarse como la brillante encarnación del orden y la ley, siempre eficaz e impermeable a cualquier posibilidad de corrupción. Las fuerzas del orden, de este modo, pasan de antagonistas a protagonistas positivos de filmes como Contra el imperio del crimen. Al delincuente, por su parte, se le ofrece en estas cintas la posibilidad de redención (recuerda que en las obras anteriores al Código Hays el final del gánster había de ser, inevitablemente, la muerte – a veces con tintes gloriosos -, pero nunca la caída en manos de la policía y la cárcel consecuente).

Estas modificaciones determinaron, por ejemplo, que los habituales rostros del gánster cinematográfico (Cagney, Robinson…) pasaran a representar a agentes de la ley en títulos como la citada Contra el imperio del crimen.

Desde la aplicación del código Hays, el cine va a seguir ofreciéndonos cintas con criminales en el eje central del argumento, pero los cambios sociales que se producen en la realidad estadounidense – el fin de la Ley Seca, por ejemplo – determinan un progresivo desinterés del espectador por este tipo de películas. Será ya en los años ’70 cuando el género regrese con una extraordinaria fuerza, a partir del estreno de El Padrino, la película dirigida por Francis Ford Coppola y cuyo guión fue elaborado por el propio Coppola y Mario Puzo, autor de la novela en la que la cinta se inspira.

Estamos ya ante un gánster en color, cuyo rostro queda encarnado por una nueva generación de actores: Al Pacino, De Niro… El Padrino es, al margen de su inclusión dentro del cine de gánsteres, una obra maestra del arte cinematográfico. Su aportación al género del crimen organizado es múltiple: por ejemplo, es a partir de la cinta de Coppola cuando el espectador medio se familiariza con los términos de don, consigliere, caporegime… La estructura de la familia mafiosa queda perfectamente retratada y el gánster, hasta entonces violento y malhablado, se convierte en un personaje serio, elegante y refinado. Un individuo inteligente que llega a la cúpula del poder criminal no sólo por su falta de escrúpulos, sino por su inteligencia y por la brillante capacidad de moverse en un mundo de ilegalidad, sobornos, alianzas y diplomacias. La concesión de favores – favores que siempre llevan consigo la eventualidad de una devolución – refuerza la idea de que el jefe de la familia es un verdadero padrino que vela por sus ahijados, un protector capaz de ofrecer ayuda y justicia cuando las leyes establecidas se corrompen o son insuficientes.

La imagen del padre ejemplar que sabe conciliar sus asuntos ilegales con una respetable posición social y con un modélico ejercicio de sus funciones familiares queda fijada a partir de la trilogía dirigida por Coppola, configurando al gánster como una especie de hombre de negocios que se sitúa en el mismo plano que políticos o empresarios de cualquier ramo.

 

Audio El Padrino: ¿QUIÉN ES EL INGENUO, KATE?

 

Coppola y Puzo escribieron el guión de las tres películas que conforman esta saga, tres cintas sobre las que volveremos más adelante.

Pero avanzando en el tiempo, lo cierto es que tras El Padrino el retrato del crimen organizado revive de manera notable en el cine, pero aportando progresivamente una dosis de violencia que irá poco a poco caracterizando al género en las obras de nuestros días. No es que El Padrino carezca de escenas violentas: la violencia aparece y de manera explícita, pero no es el interés del cineasta mostrárnosla sin más, sino en el contexto del desarrollo de una actividad que, en ocasiones, debe recurrir no ya a la ilegalidad (en la que de hecho nace y se desarrolla), sino al ejercicio de la violencia como vía para el mantenimiento de los intereses familiares o como elemento de coacción para quienes no quieren entender que ayudar a la familia es más rentable que no hacerlo: con nosotros o contra nosotros.

 

Audio El Padrino: Una oferta que no podrá rechazar

 

Esta es la violencia de El Padrino. Pero a partir de ahí, y ya en los años ’80, el cine de gánsteres irá configurando un nuevo modelo en el que el espectador recibe, con toda su crudeza, los detalles sangrientos que el ejercicio del crimen conlleva.

Así, por ejemplo, ocurre con la revisión que del clásico Scarface, de Howard Hawks, hizo en 1983 Brian de Palma. Exhibida en las pantallas española bajo el título de El precio del poder, la película actualiza la dramatización que en 1932 se hizo de la vida de Al Capone, aunque en esta ocasión el gánster es un inmigrante cubano, Tony Montana, interpretado por Al Pacino, que vive un vertiginoso ascenso y una espectacular caída en su carrera criminal. Por expreso deseo de su director, la cinta mostraba sin tapujos la violencia en la que se desarrolla el tráfico de narcóticos, algo que, como veremos más adelante, supuso problemas a la hora de llevar el film a las pantallas.

En El precio del poder, además, De Palma rompe con la imagen fría, cerebral y elegante del gánster (tan frío, tan cerebral y tan elegante, todo hay que decirlo, como despiadado) que había dibujado El Padrino de Coppola, para retomar el estereotipo del gañán astuto y malhablado que se ufana con unos modos y un vestir extravagante de su creciente poder.

Los 80′ insisten en el cine de gánsteres con otra cinta que de nuevo tiene a Capone como elemento de referencia: Los intocables de Elliott Ness, también dirigida por Brian De Palma, una película en la que el protagonismo recae, como en tiempos del Código Hays, sobre la policía. En este caso se trata de un grupo selecto de agentes incorruptibles que se mantiene unido no sólo frente al crimen organizado, sino también ante la red corrupta que acecha desde dentro del sistema legal. Además, en esta cinta el mafioso acaba siendo procesado, a diferencia de lo que ocurría en las películas de los años 30′ en las que, como dijimos, el final del criminal era siempre una muerte apoteósica.

Si como hemos visto los años 70’ están presididos por El Padrino de Coppola, y en los 80’ destacan las películas dirigidas por De Palma, en los 90’ llega el turno de Martin Scorsese, que se consagra en el género con títulos como Uno de los nuestros o Casino. Scorsese, que ya en 1973 había buceado en el mundo de los bajos fondos con su película Malas calles, ofrece ya en los 90’un par de cintas protagonizadas, las dos, por la pareja Robert De Niro–Joe Pesci. En ambas la violencia, tanto física como verbal, enmarca una trama que se desarrolla en los arrabales de un mundillo mafioso caracterizado por el dinero, las relaciones de poder y los frenéticos ascensos que sólo pueden ser anuncios del desplome final. Además, resulta interesante que en ambas cintas la pareja De Niro-Pesci disocie de alguna manera las dos versiones del gánster vistas hasta ahora: templado, frío y algo más refinado el estereotipo interpretado por De Niro, y totalmente visceral, primitivo y violento el que encarna Pesci.

Así, desde los clásicos en blanco y negro, el cine de gánsteres ha ido ofreciéndonos títulos que llegan hasta nuestros días: De Palma insistió en el género en 1993 con Atrapado por su pasado (Carlito’s way, en el original), Sam Mendes nos ofreció su versión del crimen organizado en Camino a la Perdición, basada en una novela gráfica, allá por el año 2002, el mismo en que Scorsese recreaba los violentos clanes que pugnaban entre sí en el Nueva York de mediados del siglo XIX en Gangs of New York. El propio Scorsese se consagra como maestro del género con el Óscar conseguido en 2006 por Infiltrados, una trepidante trama especular de muy buena factura. Y así llegamos a nuestros días, con cintas como la muy recomendable American gangster, rodada en 2007 por Ridley Scott; Promesas del Este, de David Cronenberg, también de 2007; la minuciosamente realista Gomorra, dirigida en 2008 por Matteo Garrone;  o Enemigos públicos, de un Michael Mann que en 2009 nos devolvió la imagen romántica del gánster rebelde y su lucha contra el floreciente FBI de los años 30’. Y todo ello sin olvidar que el cine de la mafia incluso ha probado suerte dentro del ámbito de la comedia, con películas como la exitosa Una terapia peligrosa (cuya rentabilidad en taquilla propició la secuela Otra terapia peligrosa) o la menos rentable Mickey ojos azules, que apostó por un reparto con Hugh Grant y James Caan a pesar del poco potencial del guión. Antes, en 1985, el mismísimo John Huston rodó lo que podemos considerar una comedia negra, El honor de los Prizzi, película que contó con un excelente reparto encabezado por Jack Nicholson y Kathleen Turner. En ella aparecen algunos de los clásicos elementos argumentales del cine de mafiosos: los códigos de honor, la mujer fatal…

En fin: son muchas las películas que se adentran en el mundo del crimen organizado, y como cada uno tiene sus propios fetiches, sólo vamos a comentarte algunas curiosidades sobre cintas que para nosotros tienen un algo especial, sin que ello signifique que las que no figuran en esta lista sean de menor calidad o carezcan de interés. Si te apetece, confecciona tú tu propia lista y dánosla a conocer a través del blog ficcionesreales.wordpress.com.

 

  • El Padrino:

En 1969 Mario Puzo publicó su novela El Padrino, de la que se vendieron algo más de 21 millones de copias. De esta novela surgió no sólo la trilogía cinematográfica de Francis Ford Coppola, sino también una serie de televisión, varias secuelas literarias y algunos títulos de videojuegos.

La novela, ambientada entre 1945 y 1955, tiene como eje central la figura del capo mafioso Vito Corleone, personaje que, según dicen, se inspira en la figura histórica de Carlo Gambino, un mafioso nacido en Palermo que lideró una organización criminal instalada en Nueva York, cuyos tentáculos se extendieron sobre el sector del transporte, la recolección de basura, la construcción o el control de organizaciones sindicales. Gambino fue reconocido por su discreción y su firme oposición al narcotráfico, así como por sus relaciones con importantes personajes de la vida política e incluso del espectáculo (se habla de Frank Sinatra), que le procuraron prestigio y protección.

 

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Pero de vuelta a la novela de Puzo, la productora cinematográfica Paramount compró los derechos con la idea de llevar la historia a la pantalla. El hecho de que cintas anteriores con temáticas similares hubiesen fracasado en la taquilla hizo que inicialmente el proyecto se idease como una cinta de bajo presupuesto, y que, dada la trama del libro, debía encargarse a un director italoamericano. Así que, según cuentan, el proyecto se ofreció a varios realizadores, como por ejemplo a Sergio Leone, pero todos lo rechazaron. Después de todas estas negativas, la Paramount entregó la dirección al entonces joven Francis Ford Coppola, quien ya había trabajado en películas con un presupuesto ajustado. Aunque al parecer los productores tenían tan poca confianza en el director – sus anteriores trabajos habían obtenido malos resultados – que constantemente supervisaban su trabajo, para garantizar el acabado de la película incluso si Coppola era despedido a mitad del rodaje. Así que decidido quién dirigiría el film, el propio Puzo y Coppola se pusieron a trabajar conjuntamente en la elaboración del guión, un guión que deliberadamente omitió cualquier referencia al termino “mafia”, ya que el proyecto había generado recelos de diverso tipo, como por ejemplo entre los italoamericanos, que se veían identificados una y otra vez con el crimen organizado, o por los rumores de que la producción contaba con la colaboración de mafiosos que asesoraban sobre aspectos concretos de las organizaciones criminales. Sin embargo, Coppola siempre defendió el carácter de tragedia que presidía la historia de los Corleone, hasta el punto de comparar la trama de Puzo con El rey Lear, de Shakespeare, una obra en la que un anciano rey ve cómo sus tres hijas se disputan el reino que pronto entregará el padre, y que al final queda en manos de la menor, la que en principio menos contaba para ocupar el trono. Las semejanzas con la historia de Michael Corleone son, de cualquier modo, evidentes.

 

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El caso es que iniciado el rodaje, uno de los problemas que surgieron fue la insistencia de Coppola de ambientar la cinta en los años en los que la novela se desarrollaba, lo que encarecía notablemente el presupuesto. Los productores intentaron convencer al director de actualizar el argumento, pero Coppola se negó en rotundo. Por otra parte, la selección del reparto también fue peliaguda. Coppola quería que el papel de Vito Corleone lo interpretase Marlon Brando, pero Brando se había ganado una merecida fama de actor conflictivo y extravagante, y la productora no quería despilfarrar los enormes emolumentos que la superestrella solía exigir. Así que, según se cuenta, y ante la insistencia de Coppola (“o Brando o yo lo dejo”, vino a decir el director), la Paramount accedió imponiendo tres condiciones que, se suponía, Brando nunca iba a aceptar: la primera, que el actor cobraría según los beneficios que obtuviera la película; la segunda, que cualquier excentricidad de Brando sería descontada de sus emolumentos; y la tercera, y más rotunda, que el actor haría una prueba de casting como todo el mundo (algo que Brando, a esas alturas de su carrera, nunca aceptaba). Y para sorpresa de propios y extraños, el divo, el gran astro de Hollywood, accedió.

 

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Esto nos lleva a la selección del reparto, que está plagada de anécdotas. Las más jugosas, por ser él quien era, se derivan del propio Marlon Brando. Cuentan que hizo la prueba de casting colocándose en los carrillos sendas bolas de algodón, con objeto de conferirle al personaje una cara de bulldog. Tanto gustó la idea que se encargó una prótesis dental que fue la que el actor usó durante el rodaje. Otras improvisaciones de Brando fueron, por ejemplo, el introducir en la escena inicial al gato que ronronea en su regazo, algo que no figuraba en el guión pero que finalmente se rodó en tanto que Brando encontró al minino rondando por los estudios de grabación y decidió, sin más, llevárselo al rodaje. Igualmente improvisada fue la escena en la que el Don se burla de los sollozos con los que su ahijado, el cantante Johnny Fontane, se queja de su precaria situación en Hollywood. Los rostros de sorpresa de los demás actores que compartían la escena – incluido el propio Al Martino, que encarnaba a Fontane – son más que simple interpretación.

Pero al margen de Marlon Brando, la selección del resto del reparto también deja jugosas anécdotas. Por ejemplo, para interpretar a Michael Corleone se pensó inicialmente en Warren Beatty, Jack Nicholson, Dustin Hoffman…, actores todos que rechazaron el papel. Se lo acabaría llevando un Al Pacino en quien pocos confiaban al principio… hasta el rodaje de la escena en que Michael se entrevista con Sollozzo; a partir de ahí se ganó el respeto de cuantos antes le criticaban. De hecho uno de los grandes aciertos de la película es la más que lograda transformación que experimenta el menor de los Corleone, que pasa gradualmente de ser un elemento periférico de la familia a quien todos tratan con afectuosa condescendencia, a convertirse en un individuo respetado y temido, de mirada tan directa como fría.

 

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Por otra parte, al casting de la primera parte de la saga acudió un entonces joven y poco valorado Robert De Niro, que si bien no logró hacerse en esa ocasión con un hueco en el reparto, acabaría encarnando al mismísimo Vito Corleone en la segunda entrega de la trilogía, mediante las retrospecciones que sobre la vida del capo se van introduciendo en la trama.

Por último, dos personajes con bastante peso en la novela que pasaron a desempeñar un papel muy secundario en la película son el ya citado Johnny Fontane y el sicario Luca Brasi. El primero porque dibujaba una carrera demasiado parecida a la de Frank Sinatra (en quien incluso se pensó para que interpretase al personaje), por lo que no se quiso ahondar en el tema. Y en cuanto a Luca Brasi, la decisión de que lo interpretase Lenny Montana, a quien se vinculó en cierto modo con la mafia, hizo que sus intervenciones en la trama se redujesen bastante.

Anécdotas a parte, la película fue un éxito de crítica y de taquilla; cosechó tres Óscars (al mejor actor principal, para Marlon Brando, al mejor guión adaptado y a la mejor película del año), de un total de once nominaciones, y figura como una de las tres mejores obras cinematográficas de todos los tiempos en casi todas las clasificaciones al respecto.

Fruto de ello nació el proyecto de la segunda parte, al que inicialmente Coppola se negó (llegó a sugerir participar sólo como productor y dejar la dirección a Martin Scorsese), la película se rodó con prácticamente el mismo equipo de la primera parte. De nuevo el éxito fue tremendo, repitiendo once nominaciones a los Óscars y consiguiendo un total de seis en esta ocasión. Surgieron entonces voces pidiendo una tercera entrega, a lo que de nuevo se negó Coppola. De hecho tardó 16 años en dejarse convencer para este nuevo proyecto, algo de lo que acabaría arrepintiéndose. La película no fue bien acogida, ni por el público ni por la crítica, y los palos le llovieron al director, entre otras cosas, por haber elegido para interpretar a la hija de Michael Corleone a su propia hija, Sofía Coppola. Los ataques que recibió la actriz fueron tales que decidió dejar la interpretación y pasarse al otro lado de las cámaras, desde donde, digamos, se ha vengado dirigiendo obras tales como la muy reconocida Lost in Translation o Las vírgenes suicidas.

Pero a pesar del fracaso de la tercera entrega de la saga de El Padrino, se habla de la existencia de un proyecto para elaborar una cuarta parte que se estructuraría como la segunda, yuxtaponiendo una trama que continuaría con el devenir de la familia tras la muerte de Michael, junto a una retrospectiva centrada en el personaje del malogrado Sonny, el hijo mayor de Vito Corleone.

Pero es sólo un proyecto. Por ahora contamos con tres películas que, con independencia de las críticas recibidas por la tercera parte, ocupan un lugar destacado en la historia del cine.

Nacida de las dos primeras entregas se editó The Godfather Saga, una película hecha para televisión en la que las dos primeras partes de la trilogía se montan respetando el orden cronológico de la historia, añadiendo escenas inéditas y, en tanto que destinada al mundo de la televisión, eliminando gran parte del la violencia explícita que aparece en las versiones cinematográficas.

 

Por dar un giro brusco a este repaso de películas que tienen a la mafia como eje central, y recogiendo también la presencia de otras organizaciones criminales distintas a las italoamericanas, podemos citar la obra Yakuza, una película dirigida en 1975 por Sydney Pollack que se adentra en el mundo de la mafia japonesa.

Con un reparto encabezado por Robert Mitchum, la película nos ofrece una imagen del choque cultural entre los valores occidentales y los de Oriente, e incluso entre la más rancia tradición japonesa y la occidentalización que experimenta la sociedad nipona a partir del desarrollo económico que vive desde comienzos de los años 70.

Mediante una trama en la que el protagonista, Harry Kilmer, debe regresar a Japón para ayudar a un amigo a rescatar a su hija secuestrada, la película aborda fundamentalmente el tema de las deudas de honor, la lealtad y el sacrificio. Y aunque al principio no obtuvo demasiado reconocimiento, hoy muchos la tienen como una cinta de culto. Así que, aunque sólo sea por acercarte un poco al mundo de la mafia japonesa, o por disfrutar del siempre estupendo Robert Mitchum, te recomendamos esta Yakuza.

 

  • EL PRECIO DEL PODER:

Del mismo modo te recomendamos la película que aquí en España se tituló El precio del poder. Dirigida como ya hemos dicho por Brian De Palma y con un guión elaborado por el entonces joven guionista y ahora afamado director Oliver Stone, la película destaca por la exhibición violenta que hace del mundo del narcotráfico a través del ascenso y caída de Tony Montana, trasunto cubano y actualizado del propio Al Capone. La cinta fue considerada tan violenta que por tres veces, y pese a los sucesivos recortes que le practicó De Palma, fue clasificada por la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos con una “X”, es decir, como una producción de contenido muy fuerte y exclusivo para un público de más de 18 años. De Palma se negaba a realizar más recortes al metraje, de modo que se decidió realizar un pase privado para los miembros de la Asociación Cinematográfica que contó con la colaboración de un grupo de verdaderos agentes de la lucha contra el narcotráfico, que convencieron a los encargados de clasificar la película de que ésta, con toda su crudeza, no hacía más que mostrar la realidad del mundo de la droga, algo que todo el mundo debería conocer.

Finalmente El precio del poder obtuvo una clasificación más tolerante y pudo exhibirse con más o menos normalidad. Lo que pasa es que, al parecer, a De Palma le parecía que no había grandes diferencias entre la versión recortada y la original, de modo que sin el permiso de la productora (que en realidad no sabía en qué consistían los recortes efectuados), lanzó a las pantallas la cinta más o menos como a él le pareció.

El anecdotario sobre El precio del poder es también amplio. Por ejemplo, se cuenta que para elaborar el guión Oliver Stone se puso en contacto con personajes reales del mundo del narcotráfico, lo que lo llevó en algunos momentos a vivir situaciones peligrosas. Además, Stone marchó a París para escribir el texto, con la intención de alejarse de un mundillo hollywoodiense que según él estaba demasiado cargado de cocaína, y el guionista, algo más que aficionado a esta droga, quería mantenerse limpio mientras redactaba el texto de la película.

En cuanto al reparto, Al Pacino ha manifestado en ocasiones que el personaje de Tony Montana es el más interesante y complejo de cuantos ha interpretado a lo largo de su carrera. Su motivación al respecto lo llevó a preparar el papel junto a muchos hispanos, para aprender no sólo su forma de hablar, sino incluso su manera de gesticular o moverse.

 

Por otra parte, la película no sólo ofrece un variado repertorio de escenas de gran violencia visual, sino que es una de las cintas de la historia del cine que más tacos incluye en sus diálogos. Las críticas que esta violencia despertó deben sumarse a las protestas de la comunidad cubana de Miami, que se manifestó enérgicamente contra una película que, a su juicio, ofrecía una imagen sesgada del exiliado cubano, relacionado siempre con la delincuencia y la droga.

 

Video EL Precio del Poder: Yo soy el malo

 

  • ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA:

No hemos mencionado hasta ahora la que es una de nuestras debilidades personales: Érase una vez en América. “Probablemente, la mejor película de gánsteres jamás realizada” según la crítica que en su día realizó de la cinta el prestigioso The New York Times.

Sergio Leone empleó nada más y nada menos que diez años para estrenar, en 1984, esta cinta que, sin eludir los elementos típicos del género, se caracteriza fundamentalmente por el lirismo con que se narra la historia de un grupo de inmigrantes, en este caso judíos, durante los años 20, sus inicios como simple pandilla de rateros juveniles, su brusca y dramática entrada en la edad adulta y su desarrollo como grupo mafioso que trafica con alcohol en el marco de la Ley Seca. Basada en la novela The Hoods, de Harry Grey, la película ha sido considerada la obra cumbre de un director que realizó aportaciones al cine tan recordadas como La muerte tenía un precio o El bueno, el feo y el malo. Es una obra que profundiza además en temas atemporales como el de la amistad y los celos, el paso del tiempo, la fidelidad y la traición. Y todo ello mediante un reparto muy correcto, encabezado por Robert De Niro, y con la inestimable aportación de una banda sonora elaborada por el maestro Ennio Morricone, banda sonora que para algunos es la mejor de cuantas se han hecho para una película en la historia del cine.

Debido a su duración, más de 3 horas y media, la cinta llegó a emitirse en dos partes, aunque Leone siempre concibió el proyecto como una sola película que, en cualquier caso, ganó los premios BAFTA (los premios cinematográficos ingleses) a la mejor banda sonora y al mejor vestuario, y que fue nominada a los Globos de Oro en las categorías de mejor director y mejor banda sonora.

 

MÚSICA: TEMA Once Upon a Time in America

 

 

  • UNO DE LOS NUESTROS

Ya de los años ’90 nos gustaría destacar Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, una película basada en el libro Wiseguy (“Sabelotodo”) de Nicholas Pileggi, una obra que recoge la historia real de Henry Hill, un mafioso mitad italiano, mitad irlandés que estuvo vinculado a la familia Luchese, una de las cinco familias mafiosas de Nueva York, hasta que, atrapado por el FBI, delató a sus antiguos compañeros y se adscribió al Sistema de Protección de Testigos. Junto a Hill, interpretado por Ray Liotta, en la película aparecen Jimmy Conway y Tommy De Vito, trasuntos en la ficción cinematográfica de los verdaderos Jimmy Burke y Tommy DeSimone (encarnados el primero por De Niro y el segundo por Joe Pesci).

En la elaboración de la película el verdadero Henry Hill participó activamente. Al parecer Ray Liotta se entrevistó bastantes veces con él para estructurar el personaje y representarlo de manera adecuada. El propio Scorsese se documentó por medio de la información que le proporcionaron antiguos conocidos de los personajes reales en quienes se inspira el libro de Pileggi.

El resultado, en todo caso, es una de las grandes películas del género, sobre todo por las buenas interpretaciones en que se sustenta. Cuentan que Scorsese ofreció a De Niro el papel que luego llevaría a la pantalla Liotta, pero el actor, que ya había participado en la segunda parte de El Padrino y protagonizado Érase una vez en América, rechazó la oferta por miedo a quedar demasiado encasillado en papeles de mafioso. Pero luego, tras comprobar las posibilidades del guión, decidió no dejar de participar en el proyecto, aunque tuvo entonces que conformarse con interpretar a Jimmy Conway.

De todas formas, la interpretación más recordada de Uno de los nuestros es, sin duda, la de Joe Pesci (que obtuvo de hecho el Óscar de ese año en la categoría de mejor actor de reparto). Pesci, un actor que por muy mala leche que pueda transmitir con su rostro no deja de ser bajito y achaparrado, se transmuta en la película por completo, ofreciéndonos una más que creíble imagen de tipo peligroso, imprevisible y cruel; una personalidad que da miedo.

 

Vídeo Uno de los Nuestros: ERES UN TIPO GRACIOSO

La escena cuyo corte acabamos de escuchar, fue además dirigida por el propio Pesci, que recibió de Scorsese la oportunidad de rodar una de las mejores secuencias de la película. Pero la brutalidad del personaje se muestra no sólo en esta oportunidad, sino que caracteriza prácticamente todas las apariciones de Pesci en el film.

 

Vídeo Uno de los Nuestros: TRÁEME UN CUTTY SARK, ARAÑA

La anécdota de esta escena viene determinada por el actor que interpreta al pobre Araña, Michael Imperioli, quien con el correr de los años encarnará a Christopher Moltisanti en Los Soprano. Y como homenaje a su participación en Uno de los nuestros, en un capítulo de la citada serie de televisión Moltisanti disparará en el pie al dependiente de una pastelería en un absurdo arranque de impaciencia.

 

 

 

  • PROMESAS DEL ESTE

Y para terminar, ofreciéndote un modo diferente de aproximarse al mundo del crimen organizado, queremos reseñarte la interesante Promesas del Este, del canadiense David Cronenberg, una película que con la música de Howard Shore y las interpretaciones de Viggo Mortensen y Naomi Watts nos introduce en el mundo de la trata de blancas y de las mafias rusas.

El film nos deja entrever el mundo de los vory v zakone ([bóri ef zakóne], una organización criminal rusa cuyos orígenes se remontan al periodo presoviético, pero que es con la caída de la URSS cuando resurge y expande su radio de acción por media Europa. Se trata de una organización, como ocurre con la mafia italiana, muy jerarquizada y sometida a estrictos códigos (de hecho, la traducción de vori v zarkone sería algo así como “ladrón en la ley”), lo que lo emparenta con cualquier otra formación criminal del tipo que venimos comentando en el programa de hoy. Sus miembros se caracterizan, además, por los tatuajes que recubren casi toda su piel, una especie de biografía cifrada a través de signos pertenecientes a un código que conoce todo iniciado. En este sentido, en el de los tatuajes, los mafiosos rusos mantendrían una costumbre también frecuente en la ya citada Yakuza, y en el hampa mexicana.

Pero volvamos a la película, que es lo que aquí nos interesa destacar. Inicialmente el proyecto nació como un telefilme que pretendía analizar la trata de blancas controlada por las organizaciones de la Europa del Este, pero el guionista encargado pronto se dio cuenta de que ahí había material para algo más que un simple telefilme. David Crononberg asume entonces la dirección y entrega el papel protagonista al siempre meticuloso Viggo Mortensen, quien tomó lecciones de ruso, se documentó a fondo tanto sobre la cultura del país como sobre la escalofriante realidad del tráfico de seres humanos, aprendió el significado de los tatuajes entre los presidiarios rusos e incluso se desplazó a Rusia para verificar in situ la validez y veracidad de todo lo aprendido en su preparación del papel. En trabajo no resultó en vano: su interpretación le valió sendas nominaciones al Óscar y al Globo de Oro al mejor actor del año.

A modo de curiosidad podemos destacar que se tardaba cuatro horas en dibujar sobre la piel de Mortensen los 43 tatuajes que luce durante la película. Se cuenta que en una ocasión decidió, muy en su estilo, acudir a un pub ruso de Londres tras la sesión de rodaje, pero sin lavar sus tatuajes. Al parecer los clientes picaron el anzuelo y creyeron reconocer en el actor a un temible mafioso.

 

Vídeo Trailer PROMESAS DEL ESTE

 

Bueno. Este es un pequeño y personal repaso de algunos títulos de lo que se ha dado en llamar el cine de gánsteres. Si el tema te interesa, ya sabes: haznos llegar tu opinión, tus preferencias o tus comentarios.

En cualquier caso, hasta aquí llegan estas Ficciones de hoy. Gracias por haber estado ahí, escuchándonos. Ya sabes que puedes volver a encontrarnos en Onda Maracena Radio y en cualquier momento en el blog FiccionesReales punto wordpress punto com.

Un saludo… y recuerda que hacemos este programa especialmente para ti.

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