Posteado por: migueloncio09 | 3 diciembre 2009

Mis Héroes favoritos II (2 y 3 de 10): SPIDERMAN, el héroe amistoso; Aureliano Buendía, el héroe de la derrota

Spíderman, el héroe amistoso.

Spiderman ha sido siempre mi superhéroe favorito. Si no figura en el número 1 de esta lista es sólo porque de tan buen chico puede llegar a resultar, digamos, demasiado cercano. Es, no lo olvidemos, nuestro “amistoso vecino”, ese bienhechor que queda en el anonimato no sólo porque oculte su rostro bajo la máscara, sino porque el suyo pretende ser el rostro de cualquiera. Su lucha contra el crimen es la misma que todo ciudadano decente y bienintencionado llevaría a cabo… si tuviese los medios y el valor para hacerlo. Y nuestro entrañable hombre-araña posee ambas cosas.

Peter Parker es el yerno con el que toda madre sueña. Huérfano, educado por el mimo frágil y aletargado de la tía May, compagina la brillantez en los estudios y el trabajo de fotógrafo para el Daily Bugle del histriónico J.J. Jameson. Así, con los exiguos ingresos que recibe del tacaño editor, alivia las dificultades económicas del domicilio familiar. Su timidez, su educada y cándida manera de conducirse por la vida, lo convierten en un buen amigo, pero lo alejan del epicentro de la popularidad. Sin embargo, su alter ego arácnido, Spiderman, es lenguaraz y atrevido, ingenioso para el chiste incluso en medio de la pelea (sus enemigos, en más de una ocasión, se han sentido más torturados por su verborrea que por la endemoniada rapidez de sus movimientos o la contundencia de sus golpes). Lo mismo combate al ladrón callejero que a la banda de criminales organizados, pero sus superpoderes dan toda su medida al enfrentarse a supervillanos como el Duendecillo verde. Quizás fuera éste su principal enemigo. Y quizás porque fue el único capaz de hacer que el siempre correcto Parker/Spiderman traspasase la línea.

Eso es lo que me fascinaba de Peter Parker. No era más que un chaval cualquiera: apocado, buen estudiante, enamoradizo y modelo de cortesía. Yo quería ser como él. Pero sólo porque tras la máscara del gris muchacho (la vieja pregunta: ¿quién oculta a quién?) se esconde un Spiderman tan equilibrado que sabe administrar sabiamente sus apariciones y su anonimato.

Por eso y porque una vez, cuando el Duendecillo se atrevió a trasgredir todas las normas de la pelea, Spiderman permitió que Parker tomara el mando y se lanzase a por una venganza que sólo de manera accidental se consumó.

Yo hubiera hecho lo mismo. Por eso me encanta Spiderman.

El coronel Aureliano Buendía: el héroe de la derrota.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Quien no conozca esta frase ha pasado por alto uno de los placeres más grandes que la lectura pueda ofrecerle.

Huyo, siempre que puedo, de esas surrealistas clasificaciones de “el mundo se divide entre los que sí y los que no”. Y sin embargo parece cierto que los Cien años de soledad de García Márquez no son capaces de dejar indiferentes a sus lectores. La novela apasiona o revienta. Pero nos estamos yendo del tema. Volviendo a la frase inicial del libro, no me parece casualidad que una historia como ésta dé comienzo con el recuerdo – en apariencia incoherente – que al coronel Aureliano Buendía le viene a la cabeza justo cuando está a punto de ser fusilado.

Si un héroe se caracteriza por ser alguien singular, el coronel encarna el rol a la perfección. Como se nos dice en la novela era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos. […] Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó en el suelo.

Un ser misterioso y taciturno, que presiente las cosas y que para regocijo de su padre, José Arcadio Buendía, pronto muestra una paciencia excelente para la alquimia y el trabajo de orfebre. Pero hasta ahí lo único que evidencia el joven Aureliano son unas innatas capacidades que escapan a lo común. Su carácter heroico empezará a madurar cuando las tensiones políticas vengan a mover el subsuelo social de Macondo. Sus iniciales flirteos con los liberales parecen quedar abortados al enterarse de lo que planean los conspiradores (liquidar a los funcionarios del régimen con sus respectivas familias, sobre todo a los niños, para exterminar el conservatismo en la semilla). Siendo el suegro de Aureliano el representante del gobierno conservador, no extraña que le replique al líder liberal: Usted no es liberal ni es nada […] Usted no es más que un matarife.

Sin embargo, con el estallido de la guerra, las posturas se extreman y se imponen las decisiones drásticas: la brutalidad que muestran los militares llegados a Macondo para imponer la ley marcial (baste un botón de muestra: matan a culatazos y en plena calle a una mujer que había sido mordida por un perro rabioso) hacen que Aureliano se decida: El martes a medianoche, en una operación descabellada, veintiún hombres menores de treinta años al mando de Aureliano Buendía, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y los cuatro soldados que habían asesinado a la mujer.

El suegro de Aureliano lo considera una locura, pero el héroe ya ha elegido su camino:

-Esto es un disparate, Aurelito -exclamó.

-Ningún disparate -dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.

A partir de ahí, el coronel irá construyendo su leyenda. Ya se lo había pronosticado, sin saberlo, Pilar Ternera, al anunciarle que estaba encinta de él: Que eres bueno para la guerra -dijo-. Donde pones el ojo pones el plomo. Bueno para la guerra y un héroe de principios, ya que rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república y declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra.

Y sin embargo, la heroicidad del coronel Aureliano Buendía se hunde en las arenas movedizas de la derrota, pues promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Y no sólo por eso; cuando regrese definitivamente a Macondo lo hará para encerrarse en su taller de orfebre, a construir pescaditos de oro con el único fin de fundirlos una vez terminados y empezar a construirlos de nuevo. Arrastrará consigo el frío que los tremedales de la guerra le inocularon en los huesos, y que no conseguirá quitarse de encima por mucho que ande siempre envuelto en una manta vieja e inútil.

Un frío que el coronel intentará anular ordenando ejecuciones arbitrarias, enrocándose en sus silencios, volviéndose inclemente. El frío le extremará los recelos y acabará impermeabilizándolo, eternamente aislado, en una burbuja de poder y soledad. Y ésa es la verdadera derrota del coronel: no lo abate el enemigo, sino la guerra misma.

Cuando José Arcadio Buendía se pierda definitivamente en los laberintos de la muerte, la ciudad que había fundado lo despedirá con una llovizna de minúsculas flores amarillas, flores que cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Sin embargo, la muerte le sobreviene al coronel Aureliano Buendía al ir a orinar contra el árbol del patio doméstico: Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.

El coronel Aureliano Buendía no murió agasajado por una lluvia de flores, sino al más puro estilo de la derrota.

Pero murió de pie.

Como dicen que mueren los héroes.

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Responses

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